Soy nutricionista porque durante años quise controlar mi cuerpo.
Me gustaría poder decirte que fue por algo menos superficial. Pero no fue así.
La verdad, tenía miedo a engordar.
Creí que, si estudiaba Nutrición, encontraría la fórmula para adelgazar y no volver a engordar.
No la encontré obviamente. Bueno ni yo ni nadie, porque no existe.
Lo que sí encontré años después fue algo mucho más importante y que estoy segura te interesa: una forma distinta de relacionarme con la comida y con mi cuerpo.
Eso cambió mi vida. Y puede cambiar la tuya.
Probablemente seas experta en la perdida de peso.
Has hecho la dieta de moda muchas veces. Siempre parece ser la definitiva.
Los primeros días estás súper motivada. Visualizas el cambio. Te miras al espejo con ilusión. Con suerte, pierdes unos kilos. Te sientes invencible. Esta vez parece que sí. .
Hasta que pasa lo de siempre.
Empiezas a pensar en comida todo el día.
Fantaseas con tu día libre y “de perdidos al río”.
Cada vez te cuesta más hacerlo “bien”
La ansiedad aumenta.
El descontrol también.
Y terminas con culpa, frustración y la sensación de empezar de cero cada lunes.
Sí. Perder peso «sabes».
Lo que no sabes —todavía— es comer de forma que te sirva sin ser estricta o perder el control.
Porque el problema no es el peso.
Es lo que pasa en tu cabeza y en tu cuerpo que aún no entiendes.
Puedes bajar kilos… y seguir pensando en comida todo el día.
Puedes adelgazar… y seguir atrapada en el ciclo de atracón y compensación.
Puedes usar una talla menos… y vivir con miedo a engordar.
Y nada de eso es una relación sana con la comida.
Repararla va más allá de hacer otra dieta.
Implica entender tu hambre real, dejar de restringir y salir del ciclo de control y descontrol.
Cuando dejas de pelearte con la comida, comer deja de ser un problema constante.
Para que lo entiendas mejor, te voy a contar una historia.
Voy a hablarte de Sandra.
No es una historia inventada. Es 100% real.
Y estoy casi segura de que tú y Sandra tenéis mucho en común.
Sandra arrastraba más de 10 años de pelea con la comida.
Había pasado por anorexia y por trastorno por atracón.
Su peso subía y bajaba constantemente.
Su autoestima dependía de lo que veía en la báscula.
Pensaba en comida todo el día.
Perdía el control.
Todo en su vida estaba contaminado por su conflicto con la comida. Su trabajo, su tiempo libre, su relación.
Tres meses después de empezar a trabajar juntas, Sandra estaba en un lugar muy diferente, liviano y en calma.
No fue magia. Fue hacer lo que nunca había hecho antes.
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